Hace tantos años que la intriga de quién soy me persigue, que es una pregunta que de por sí misma me define.
Finalmente, lo entendí.
Pero bien, es una larga historia. Por suerte, me fascina contar historias, y no temo quedar en ridículo por los errores cometidos, no en el caso.
A principio de este año, ¿o quizá fue al final del año pasado? No es lo que importa. A principio de este año, un cierto amigo que tomé como mentor temporal me llenó la cabeza de historias de un pasado que no pude vivir. Sirenscry es el nick de este individuo, que supongo que sigue siendo el empleado de mi padre, en aquel pequeño taller de informática que dejé en mi ciudad natal.Un sujeto que me lleva unos doce años de ventaja, y que mantiene como hecho al menos la mitad de mis ambiciones. Se ganó mi respeto y amistad casi al instante.
Fue durante una de las largas historias que le pedí que me contara que oí de conceptos que no creí que fueran posibles. Cierta envidia era evidente.
De todo lo que me contó, los viejos días del Neverwinters Nights fue lo que más me llamó la atención. Dungeons and Dragons fue algo de lo que yo no entendía 'na de 'na. Un mundo que se había mantenido separado y aislado de lo que mi finito conocimiento alcanza.
El Roleplay era algo que tampoco me había tomado en serio. Nunca había participado en el tema, y, sin embargo, constantemente estaba simulando ser quien no era. Yo estaba más que capacitado mentalmente para una sesión, y ni bien tuve la chance, con algo de hesitación acepté una invitación para uno de estos encuentros. Fueron un par de noches interesantes.
Mientras yo simulaba ser un ladrón experto, el cual tenía la mala suerte de jamás robar absolutamente nada, también estaba convenciendo a mis colegas Raiders de terminar la campaña del Neverwinter Nights, para PC. Juego que había tocado reiteradas veces, pero nunca interesado como para realmente finalizar. La campaña era realmente aburrida, y lo sigue siendo. Luego de un rato investigar acerca de las clases de personajes y etcéteras, una me llamó la atención. "Red Dragon Disciple", dictaba el nombre, y eso marcó mi camino por los siguientes meses.
Mi interés creciente por los dragones actuó por mi, y para acceder a la clase requería que mi personaje fuera un bardo, o un hechicero. La decisión fue obvia; yo era naturalmente un bardo, aunque no lo supiera en ese entonces, y quería sentirme lo más conectado con mi personaje que fuera posible.
Tantas cosas pasaron tan rápido...
El Baldur's Gate con Kael (y pequeños intentos de jugarlo como un juego de rol es debido con Sephiroth) se transformó en una corta instancia en el Neverwinter Nights... pero solo para él. Poco tarde en buscar más, y encontré un servidor de Roleplay llamado Amia donde podía indagar por mi cuenta en este nuevo universo que se expandía delante de los míos ojos.
Mi bardo de alas rojas de mi partida con Kael, y casi con el resto de los raiders, se perdió en el tiempo, al igual que tantos otros proyectos, y de la misma forma mi atención por mis colegas Raiders se difuminaba. Ahora mi tiempo pertenecía exclusivamente a los dragones, y a Amia.
Leí algo en el foro. Kobolds. El concepto me sacó una sonrisa; era justo lo que buscaba. Pequeños seres que eran naturalmente estúpidos y cobardes, insignificantes. Tan solo tenía que tomar uno, y llevarlo a los limites de la rebeldía de su propia naturaleza. Era lo que buscaba.
Me presenté con algo de humor e ingenio. Adquirí una copia del juego mediante mi padre, el cual creo que fueron los 10 dolares mejores gastados de mi vida, y tan rápido pude, entré por primera vez al servidor. De ese día, me conecté absolutamente por los siguientes 6 meses, sin falta.
Las cortas sesiones donde yo era un ladrón se terminaron, dado que tuve que, finalmente, dejar mi ciudad natal, de la misma forma el contacto con los Raiders se redujo, hasta desaparecer casi por completo. Era una suerte si intercambiaba palabras una vez cada 3 semanas.
Esos primeros días donde me paseé por las ciudades y valles de Amia bajo la identidad de un pequeño bardo cobarde al nombre de Ais fueron meros pasos de bebé. Hice amigos, enemigos. Compartí una historia que había creado, escribí canciones. Arruiné vidas, mejoré algunas, y pise a cientos de otros personajes para construir lo más importante para un bardo; la reputación. El tiempo pasaba, mi personaje crecía. Se convirtió en lo que tenía en mente en primer lugar; un discípulo de dragón, pero no estaba limitado a dragón rojo, que son los más crueles y avariciosos, sino a sus primeros enemigos, los dragones de cobre. Esos dragones cuya especialidad no es el combate, sino el entretenimiento. Ser un portador de buen humor y risas. Uno para ingenio, que soluciona sus problemas mediante una inteligencia y visión superior.
Mientras más jugaba, más me alejaba de mi personaje. Si bien, aún tiene gran parecido a mí, se volvió un paragón de cosas que siempre fueron alien para moi. Vi lo invisible.
Cometí errores, solucioné otros. Causé risas y estrés. Repartí y recibí cicatrices.
Mientras más jugaba, más aprendía de lo que realmente me interesaba. Yo estaba ahí por la experiencia y el conocimiento, por los dragones.
Aplaudí por aquellos que se lo merecían, pero no giré el pulgar abajo a aquellos que no lo merecían. Había aprendido a reservar mis emociones para mi personaje, y así salvarme de la reputación que tanto me precede fuera de Amia. Soy un ser egoísta y egocéntrico, pero solo con la escoria de la humanidad que lo merece. Mi naturaleza sobradora encontró una armonía.
Mientras más jugaba, más preguntas me hacía sobre mi propia identidad. Respuestas a cuestiones previamente formuladas hallaba. Más entendía.
Fue hace moderadamente mes y medio y dado una prolongada pausa me tomé un descanso de los acertijos y las constantes bromas que mi personaje encuentra tan entretenidas. Fue un descanso impuesto, pero cuando tuve la oportunidad de regresar en el momento, no lo hice. Estaba cansado de estar incompleto. Había puesto mi alma en el pequeño kobold, y no era del todo compatible. Solo recibía una mitad de lo que daba.
Medité en el tiempo. Pensé en cómo continuar y rescribir la historia a la que mi ser realmente pertenece. Encontré más respuestas en el análisis de lo vivido.
Encontré La Respuesta.
Todo indica a lo mismo. Todo me lleva al mismo punto. El camino es claro.
Después tantos días, semanas, meses, y años. Sí... después de tantos años, tuve que encontrar La Respuesta en otro de mis sueños. Tuve que volar por mi vida y mis recuerdos, literalmente, para ver en lo que me había convertido, el apogeo de todos mis deseos y ambiciones. De todas mis condiciones.
Yo soy un discípulo de los dragones. Este es mi lugar en el mundo, y es mi deber llevar su nombre conmigo, y absorberlo, y compartirlo allá a donde vaya.
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